“Siento algo muy fuerte por ti”, me dice y me mira esperando una reacción. Yo me quedo en blanco, mientras dos partes de mí se debaten: ¿le soy totalmente sincera o sigo en mi papel? Sé que espera una respuesta inmediata, y sé que decirle que me de tiempo es una tontería porque la respuesta no va cambiar, sería alargar su esperanza.
No lo entiendo. ¿Cómo se puede haber fijado en mí? ¿No se da cuenta de que es como arar en el mar? Intento decirle las típicas y míticas frases de las películas de adolescentes americanas, que no es por él sino por mí, que le veo más como amigo, que quiero centrarme en los estudios… Me dice que no hace falta que me disculpe pero sé que una parte de él está triste; se reconocer esas miradas, es la que me devuelve el espejo cada vez que me pongo frente a él.
Quiero decirle que no es por él, no es que no pueda corresponderle a él, es que no puedo sentir nada. Estoy desierta por dentro. ¿Es que no lo ve? ¿No ve que lo único que me distingue de un muerto es el aliento y el latido cardiaco, nada más? Pero me callo, me levanto y me voy.
Nadie lo ve. Se quedan solo en la superficie y no van más allá de lo que dicen las sonrisas forzadas. No miran a los ojos, ni se preguntan que hay más allá de lo que se proyecta al exterior.
Tengo ganas de gritar, ¿podré querer a alguien alguna vez hermanito? ¿Alguien podrá amar a la que verdaderamente soy: a la destrozada, a la incompleta, a la que llora por dentro?
Y como siempre, obtengo el silencio por respuesta.