No pude llorar, no pude gritar; era incapaz de sentir algo más que no fuese esa sensación de vacío.
No pude ser consolada. Tomé automáticamente el mando de mi familia. Todos me decían lo bien que lo llevaba y soltaban comentarios como: “Pobre, él lo era todo para ti”. Pero más que consolarme eran como espinas que se me clavaban en el corazón. ¿Por qué nadie podía ver más allá? ¿Por qué le ofrecían un hombro para desahogarse a mi madre y a mi no? ¿solo porque sus lágrimas eran materiales, se veían a simple vista? Yo también lloraba más que todos pero nadie podía verlo. Me aislé del mundo. Pasé días sin salir, sin levantarme, ni siquiera pensaba. Mi mente estaba en blanco. Me convertí en una muerta en vida. Estaba viva porque respiraba, andaba, hablaba pero por dentro era un desierto. Ninguna emoción tenía cabida en mi interior, solo aquella oscuridad.
Aprendí a hacerlo todo de manera automática. Podía hasta seguir una conversación mientras mi alma ni siquiera estaba ahí. Tristes días y noches.
Pasaron los meses, llegó septiembre y con él mi “nueva vida”.
Me fui de mi casa de noche. Mis amigos no se enteraron de mi decisión. Todos dieron por sentado que yo no iba a estudiar ese año. Durante junio, julio y agosto intentaron visitarme pero yo nunca los dejé. También intentaron llamarme pero nunca encendí el móvil. No quería que me vieran en ese estado, ellos no. No quería hacer con ellos como con los demás, no quería fingir. No se lo merecían. Si los veía sabía que posiblemente me flaquearan las defensas y todo ese llanto guardado se desbordara.
Algunos lo tomaron como que necesitaba estar sola. Otros como algo personal. En realidad los estaba protegiendo de mi dolor, pues tomaba tales magnitudes que podría haberles contaminado a ellos también.
Cuando llegué a este lugar en el que ahora resido, tan en el norte, pensé que podría superarlo. Que todo comenzaba de nuevo. Que poco a poco la pérdida dejaría de ser tan dolorosa. Ingenua de mí.
Comencé el curso, sí. Medicina, como él siempre quiso. Pero fue peor de lo que me esperaba. No podía estudiar, no podía concentrarme ni seguir una clase. Lo malo es que sentía que le decepcionaba, estaba usurpando su sueño y ni siquiera sería capaz de realizarlo.
Y en noviembre por fin pude llorar. De manera inesperada, viendo llover. Lloré durante horas porque se fue, por todo lo que no pude decirle, porque era injusto; porque ya nunca más veríamos los partidos de fútbol juntos, no comentaríamos los libros, no nos reiríamos de los gracias que solo nosotros entendíamos, nadie me despertaría empujándome de la cama como él hacía llamándome vaga, … y mil cosas más. Nunca más.
Caí en una depresión. Pasaban los meses y mis padres prefirieron ignorar la situación, pensando que lo superaría, como dicen ellos “eres joven y te queda una vida por delante”. Cualquier cosa a admitir que me veía incapaz de seguir. Me volví a poner en contacto con mis amigos; al menos no me sentía fuerte como para afrontar la situación pero sí para aguantar hasta el día siguiente a ver que pasaba.
No volví a casa en navidad, ni en semana santa, tampoco en ningún puente. Aún no estaba preparada para compartir la carga. Pasaron los meses, comencé a ir a un psiquiatra y tomar antidepresivos. Tanto uno como lo otro me pareció inútil.
Resumiré, pues me estoy alargando en este resumen. Fue el peor año de mi vida. Casi pierdo la carrera, logré sacar 2 asignaturas en cada cuatrimestre aún no sé como. Cuando en verano volví a casa fue todo lo contrario a lo que me esperaba. Pero esta vez para bien. Pensé que mi cura estaría en el nuevo lugar, y me sorprendí hallándola en el lugar del que huí hacía casi un año.
Es curioso como pensamos que lo que buscamos está en cualquier lugar menos donde nos hayamos. Yo salí huyendo de una realidad que creía injusta, pensando que al simplemente aspirar aires lejanos, cuando saliera de mis pulmones se llevaría consigo todo el dolor que carga mi alma. Peor no fue así. Mis heridas van más allá del simple lugar de domicilio. Ojalá todo fuera tan fácil.
En esos dos meses que pasé en mi casa atesoré momentos valiosos. Ahora me toca luchar. La cura que busco no está en un lugar concreto, en una persona, en una situación, sino en mí misma.
Me gusta compararme con fénix. Ardí en llamas intensas que me convirtieron en cenizas. Pensé que resurgir sería fácil, pero me vi más desolada aún, no solo por lo que me había llevado a esa situación que destruyó mi mundo sino porque además, no era capaz de recomponer las piezas de lo que antes era mi vida y formar una nueva. No digo que esté renovada, que ya pueda volar, pero ya puedo levantar la cabeza y mirar al cielo y soñar con cuando por fin surque el firmamento, más refulgente y fuerte que nunca. phoenix1
He decidido tomar el camino difícil. Tenía opciones que para mi hubiesen sido cómodas, pero nunca he sido así. Vengo de una saga de luchadores.
- Podía haberme quedado en casa, con mis amigos que tan bien me hacen, en la comodidad de lo conocido y predecible. Podría haber cogido otra carrera y sacarla. Nadie me hubiese juzgado, nadie me lo hubiese reprochado.
- También podría haber optado por el camino medianamente fácil: volver al norte y sacar las asignaturas de primero que me quedaban. Como este año ya estoy mejor y todo lo he dado me sería más “sencillo”.
Pero no, he decidido lo más complicado. He vuelto al norte, a este lugar donde no tengo a nadie que pueda llamar “amigo” y donde todos creen conocerme porque juzgan que la faceta solitaria y deprimida que se encontraron el curso pasado soy toda yo. Además, he decidido sacar las asignaturas que me quedaron de primero (que son bastantes) junto con el curso de 2º. Puede que no sea lo más sensato, pero creo que puedo. Confío en mí.
Mi hermano siempre me decía que él creía en mí. En una ocasión me dijo que estaba totalmente seguro de que si estudiaba medicina sería un gran médico, que tenía manos para sanar, y que no solo curaría las dolencias del cuerpo sino las del alma. Puede que se equivocara pero he decidido creerle. Se lo debo.
No será fácil, igual no lo consigo; pero tengo en mente la frase que me dijo mi mejor amiga el día que volví aquí: “Apunta a la Luna y si te pierdes al menos estarás entre las estrellas”. moonstars_noao